Nos Sobran Los Motivos

“- Me tenés que enviar la nota.
- Sí, ya casi la tengo.
- ¿De qué tema?
- Del desarraigo.
- Como Sabina.
- Sí. Pero seguro con menos calidad en la escritura.”

Posiblemente, la sola mención del desarraigo como sustantivo entretejido en alguna oración llevará, a algunos sí y a otros también, a pensar en las melancólicas letras de Joaquín, el gran Joaquín. Amo de la palabra y los sentidos y generador de envidia profunda por su enorme capacidad de, además, agregarle unos sonidos para que todo confluya perfecto. En esos cócteles de todo tipo que tanto, pero tanto, caracterizaron su vida, propone el hecho de tener que irse y lo mezcla con el amor, los vicios y esas cosas muy de él y de otros de su tipo: esos que se transmiten a los demás a través de sus propios ritmos, sus propias palabras y sus propios silencios. El desarraigo rememora sus tremendas tardes y noches de domingo, los adioses que no maquillan hasta luegos, los ciegos que no miran para atrás, las mudanzas con los muebles del amor, los perros de nadie, las sábanas frías y las alcobas vacías. Los “como me vengo, me voy”. O capaz, a otras gentes vendrán otras letras o ninguna.
Una realidad de cientos de jóvenes de pueblos y ciudades pequeñas es la de tener que irse, año a año, a estudiar o a tratar de encontrar otras posibilidades en las grandes urbes. Un cambio, gran cambio. Que seguro conlleva un proceso no solo social y cultural sino también, ese que va por dentro. Al analizar el fenómeno, la psicóloga Victoria Rotemberg, M.P. 7171, considera que en estos sitios poblados por una pequeña cantidad de habitantes, el hecho de partir se transformó en una costumbre. De todas maneras, analiza los distintos procesos y brinda recomendaciones para mejorar la experiencia.
La profesional indica que “el duelo es un trabajo” y que, debido a eso, “debe elaborarse a modo de proceso”. Asegura que este es el motivo por el que cada persona tiene sus “tiempos subjetivos” para sobrepasar estas circunstancias. La licenciada sostiene que en los pueblos o ciudades pequeñas en las que no hay universidades, los jóvenes que se quedan son aquellos que tienen como propósito trabajar allí porque han recibido una formación que se los permite o porque no están dadas las condiciones y posibilidades para que ellos puedan partir. “En los otros casos existe una conciencia, desde siempre, que a los dieciocho años los chicos se van”, explica Rotemberg.
“Cuando el joven vive en un pueblo, sabe que al finalizar la secundaria deberá irse. Es por eso que el duelo empieza a construirse desde antes y la persona llega a ese momento con más preparación”, dice Rotemberg en cuanto a los casos de adolescentes con proyectos de estudiar carreras terciarias o universitarias o de desarrollar trabajos inviables en sus lugares de origen. La psicóloga agrega: “Arrancar el quinto año presenta ese gusto agridulce. Por un lado, los chicos se encuentran contentos porque están en el final de la secundaria con todo lo que eso conlleva y, por el otro lado, saben que al año siguiente se tendrán que ir”.
Sin embargo, Rotemberg realiza una diferenciación con aquellas ocasiones en las que el desarraigo es debido a una situación no esperada. “En este caso sí se torna más traumático porque la persona no lo espera. Al no estar ese período de tiempo, el proceso de duelo se acota y empieza de repente, quizás tramitándose de manera más tardía cuando la persona ya vive en el otro sitio”, analiza la licenciada.
De todas maneras, la psicóloga sostiene que a pesar de que la partida de los jóvenes se articula a través del tiempo en muchas comunidades pequeñas como las del sur de Santa Fe, éstos deberán abandonar sus hogares. Esta situación implica un cambio que producirá, de acuerdo a la explicación de la experta, un “choque cultural” con aparición de “nuevas costumbres”. Comenta que cada uno cuenta con ciertas experiencias y prácticas que deberán enfrentarse a las de otras personas al irse a vivir, por ejemplo, a una pensión o a un departamento tanto solo, como con un amigo.
“Existen pequeños duelos que el joven tendrá que hacer”, manifiesta Rotemberg, y trae a colación situaciones particulares que podrían desaparecer tras la partida, como el hecho de las madres, padres o quienes ejerzan ese rol en el núcleo familiar cocinen, laven, planchen o realicen las tareas domésticas. “Esos cambios sí son perceptibles y el joven los tramita in situ, cuando se muda y ya vive ese nuevo proyecto”, entiende la psicóloga. Adhiere que en ese proceso el joven también tendrá otras problemáticas, como evaluar la carrera que eligió. “Si bien existen procesos de orientación vocacional, no todo el mundo los hace”, sostiene la profesional. No obstante, agrega: “Muchas veces estas pruebas sí son tomadas, pero tampoco funcionan porque los procesos reales implican otras cosas”.
En cuanto a las actitudes que pueden adoptarse para beneficiar el tránsito de este proceso de cambio, Rotemberg sostiene que lo importante para el joven es “contar con el mayor afecto posible” y asevera que el rol de la familia es “brindar contención”. La psicóloga insinúa como opción que si el joven se halla en una ciudad relativamente cerca de su lugar de origen, pueda volver los fines de semana o con una cierta frecuencia. También, encuentra una buena iniciativa en que alguien del núcleo familiar lo acompañe durante la primera semana o fin de semana tras la mudanza para ayudar al proceso de adaptación. Otra de las posibilidades es, según la licenciada, cambiarse de lugar un tiempo antes del comienzo de clases para lograr una cierta estabilidad que permita al joven acostumbrarse al barrio, al nuevo sitio donde vivirá, para posteriormente sumar la rutina de estudio. “Varias cuestiones, como estas, se pueden trabajar para que la persona logre adaptarse de la mejor manera”, concluye la psicóloga que no solo habla desde lo profesional, sino también desde la experiencia de haber vivido el duelo del desarraigo desde una comuna ubicada a unos trescientos kilómetros de Rosario.
La mayoría sufrirá o habrá ya sufrido el hecho de tener que irse. Muchos descendemos de generaciones que debieron dejar sus tierras arrasadas en busca de una cierta prosperidad. Ojalá que el duelo no sea tan fuerte como los atravesados por el maestro Joaquín.
En fin, “nos sobran los motivos”…

Autora: Paula Rossi

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